En agosto de 1968, viajé por primera vez a México a estudiar en el TEC de Monterrey con una beca de estudios. El 707 de Pan Am sobrevoló la Ciudad de México sobre un mar de luces. Aterrizó como a las 7 de la noche y en la agitada terminal del aeropuerto Benito Juárez ya estaban esperándome la tía Dalila Gálvez Marroquín y su esposo el connotado pintor don Carlos Mérida.
Nos trasladamos en su vehículo, conducido por el piloto parsimonioso atendiendo las instrucciones de Don Carlos, atravesando la sobrepoblada metrópolis de más de 9 millones de habitantes en aquel entonces. Fuimos directamente a la casa de habitación de los Mérida y taller estudio del Maestro, ubicada por Insurgentes Sur en la Calle Manuel M. Ponce, llamada así en atención al insigne compositor mexicano.
Los tíos Lila y Carlos se esmeraron en atenciones durante el par de días que permanecí con ellos previo a viajar al norte mexicano. Me llevaron al teatro a ver alguna función clásica, paseamos por la ciudad, estuvimos en un par de elegantes restaurantes, incluido el del Lago de Chapultepec en ese momento novedoso. Y tuve la feliz oportunidad de conocer a sus dos hijas, las tías Ana y Alma, y a los respectivos primos y primas.
Dentro de lo más acogedor de mi estadía con ellos fueron, sin duda, los momentos que pasé con el maestro en su estudio mostrándome apasionadamente, propio del genio, sus trabajos y protestando muy molesto porque no aparecía tal o cual bosquejo, el cual seguramente habían sustraído de su casa. A lo cual la tía Lila llegaba tranquila y prontamente a localizar entre todo aquella montaña de trabajos, sin dejar de lanzar una suave pero decidida llamada de atención por la ligereza en la búsqueda, gesto muy propio de las Gálvez. Tal como ella decía, y ambos coincidían, era su Dalila la única que le cortaba el pelo!
Me llamó la atención un detalle. Estando una tarde con el Maestro Mérida llegó una persona, parecía ser intelectual, a visitarlo. Mi sorpresa fue que al ingresar al estudio este personaje prácticamente se arrodilló y le besó las manos al maestro para saludarle. Nuestra proximidad co-sanguínea posiblemente no nos permitía ver en toda su dimensión al artista, su arte y su legado… sino simplemente al tío Carlos, tal como lo llamábamos familiarmente por supuesto.
En otra tarde me llevaron a pasear por la ciudad para que pudiera conocerla. México en esos momentos vivía una nueva revolución: las Olimpíadas 1968 estaban a las puertas y se estaba dando una masiva protesta social en busca de mejoras. Se mencionaba de luchas de poderes y reivindicaciones y en contraste un aparato ostentoso para celebrar la gesta deportiva. La Ciudad de México adornada con despliegues alusivos al evento de color rosa mexicano con tonos verdes que le daban un toque muy interesante y por otros lado manifestaciones populares, en aquella época descomunales de cien mil gentes o más protestando. Era impactante, especialmente al comparar esa situación con Guatemala en donde no existía opinión pública y menos protestas públicas.
Pero quizás lo más relevante para esa metrópolis lo consistía su gigantesco desarrollo urbanístico. Las instalaciones olímpicas fastuosas: el domo de bronce, el estadio olímpico en la ciudad universitaria, la propia extensa urbanización de la universidad nacional, el estadio Azteca, la prolongación de avenidas como Insurgentes Sur que había partido en dos la ciudad permitiendo una mejor movilización, el metro francés recién inaugurado con elegantes estaciones mostrando la historia y cultura del país, el periférico como solución vial, muchos rascacielos enormes, post Torre Latinoamericana de la década anterior que había demostrado la efectividad de su estructura antisísmica. Sobresalía un enorme edificio en insurgentes sur que pertenecía al actor Mario Moreno con su restaurante giratorio en la azotea.
Y en ese entorno urbanístico llego al punto al cual deseaba referirme en estas líneas.
Pasamos, en nuestras giras por la ciudad, visitando la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco localizada en la Avenida Insurgentes Norte por la Delegación Cuauhtémoc. Consiste en un complejo urbanístico que integró edificaciones de vivienda, con centros de recreación y áreas verdes, diseñado como un proyecto futurista y de vanguardia que pretendía ir transformando las vastas áreas de casas de barrio y de barriadas en enormes complejos habitacionales. Sobresale en todo el conjunto la estructura del edificio administrativo del proyecto, conocido como la torre insignia de la unidad que se distingue por su estructura en forma de tarjeta o prisma rectangular, llegando a ser el segundo edificio más alto de la ciudad en ese entonces, con más de 125 metros de altura.
Pues bien, la administración del proyecto Tlatelolco le había encargado al Maestro Carlos Mérida la ejecución de los murales que adornarían las paredes inclinadas de la torre administrativa. Y Don Carlos con su ingenio creativo desarrolló un boceto que representaba al Dios Quetzalcoatl, de importancia capital para las culturas americanas tanto Azteca como Maya mesoamericana. En la parte superior de la torre, donde existen practicadas aberturas hacia un recinto donde me parece cuelga una campana, el artista conceptualizó la cara del dios serpiente con su penacho emplumado y descolgándose una enorme cola emplumada a todo lo alto de las paredes del edificio en una cascada multicolor de alegorías, grafos y glifos como solo Mérida sabía hacerlo.
Por supuesto su proyecto fu aprobado de inmediato. Una sola condición puso el maestro. Tenían que ser mosaicos venecianos y muralistas europeos, venecianos específicamente, quienes deberían de colocarlos por tratarse de los tradicionalmente expertos para tal oficio. Comenzaron a instalar en la parte alta de la torre los mosaicos que correspondía a la cabeza de la serpiente emplumada, mismos que se pueden notar en la actualidad.
Pero la legislación mexicana prohibía que artistas extranjeros quitaran espacio a los connacionales y entonces no se podía permitir que los venecianos hicieran el mural ni que vinieran a continuar y terminar el trabajo de albañilería muy calificada. Es de recordar que en México no se escuchaban los Beatles ni el Credence Clearwater públicamente sino que eran interpretados por artistas mexicanos quienes hacían sus arreglos y traducciones propias. Escuchar a los originales era un menester privado.
Y así las cosas, Mérida en su genio se opuso tajantemente a que se instalara el mural con materiales hechos en México y que no fueran los venecianos quienes los instalaran. Argumentaba que no iban a quedar bien por aspectos de colorido, duración y otras justificaciones que no le permitieron mover un centímetro en su postura. Y se suspendió el desarrollo del mural…
La Tía Dalila al hablar del tema le argumentaba al Maestro que estaba perdiendo una oportunidad única para inmortalizarse, según sus palabras. Pero él rechazaba cualquier justificación y así quedó este asunto, inconcluso.
Sirve este testimonio para poner a luz este aspecto poco conocido del Maestro Carlos Mérida, quien en unión de los tres grandes muralistas de México de la época, Diego Velásquez, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, compartió espacios.
Desearía animar a las autoridades de los gobiernos de México y Guatemala y especialmente de la administración del Distrito Federal para que se considerara la posibilidad de continuar y terminar este majestuoso mural que ornamentaría el conjunto urbanístico Tlatelolco que ya incluye diseños de Mérida en todos los edificios de habitación de ese complejo. Sería un regalo visual a esa hermosa ciudad y un merecido reconocimiento al artista…
Federico G. Salazar